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Por Camilo Villarroel, pasante del Programa de Seguimiento y Asesoría Legislativa

Hace un par de semanas, sesionaba como norma la costumbre la comisión de Recursos Hídricos de la Cámara Baja. La citación tenía como fin votar las indicaciones del proyecto de ley sobre “modificaciones al Código de Aguas para ampliar el plazo de inscripción y regularización de derechos de aprovechamiento de aguas” para los agricultores. Estaban presentes en el lugar muchos diputados y diputadas, otros estaban conectados vía telemática; entre estos el diputado Nelson Venegas, que se encontraba en el asiento trasero de lo parecía ser un vehículo de la locomoción colectiva viñamarina, de esos que vienen con música de tadadá y escrito “Dios es mi copiloto”. 

Por reglamento, todos los y las diputadas presentes deben ponerse de pie antes de iniciar la sesión para empezar a trabajar y era evidente que el diputado socialista no podía en ese espacio, por lo que se bajó en un paradero aun lado de la carretera y sin miedo a ser asaltado por un motochorro empezó a sesionar desde allí. El hecho provocó una buena cantidad de risas entre sus colegas y los presentes. Situaciones como esta evocan a ese realismo mágico latinoamericano del que tanto escribieron García Márquez, Benedetti y nuestro infravalorado Jorge Edwards; esos caricaturescos sucesos que parecen ser verosímiles solo en un capítulo de Los Simpson o bien al final de la campaña del plebiscito de salida. 

En nuestro país nunca tuvimos un intento serio de populismo como sí lo tuvo Argentina con Perón, Brasil con Bolsonaro o Venezuela con Chávez. Posiblemente porque siempre hubo un respeto irrestricto a nuestras instituciones democráticas y nuestros símbolos identitarios que se deben a ellas y -generalizando- es tan así que hasta hay repudio cuando el presidente Boric no ocupa corbata en un acto conmemorativo porque preferimos evitar los maximalismos públicos que nos cieguen a los verdaderos debates que de interés a la ciudadano, como fue el caso de la pasada Convención Constitucional, que por los excesos faranduleros de algunos convencionales, terminaron por desprestigiar gran parte del trabajo del órgano. 

Parece ser que en Chile nos gusta la política fome… o por lo menos, sobria.

Ahora bien, la modesta aunque muy virtuosa en la política, provoca un riesgo muy grande pues el exceso de sosedad agranda la brecha entre ciudadanía y sus representantes, dado que por lo tedioso del trabajo de muchos parlamentarios no es extraño que se les pierda el rastro, pudiendo ser el escenario ideal para desconexión entre las necesidades civiles y el trabajo legislativo, o peor, que por esta misma falta de vigilancia a quienes se dedican a la políticos, estos se sientan libres para dar rienda suelta a las malas prácticas como la corrupción y el cohecho.

Pero entonces ¿es acaso preferible salirse de norma cuando la situación lo amerita? En el caso del diputado Venegas trabajó de igual manera a pesar de que se le hizo de noche y se le veía más helado que beso de suegra, cosa que en parte habla bien del parlamentario, así que por lo menos deja en claro que sí.

Podemos pensar que la democracia debe alejarse de dos grandes vicios: la apatía y ser muy vistosa. En nuestra joven democracia debe existir un punto en el que la ostentosidad de figurar de nuestras personalidades políticas no ciegue a las y los chilenos de los temas que son realmente importantes, ni que la falta de imagen pública provoque desconexión total para con las necesidades ciudadanas.