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Por Paula Farías

Durante los primeros años de la transición, los esfuerzos relacionados a la conmemoración del golpe se centraron en construir la memoria colectiva del país, recordando a las víctimas y sopesando las consecuencias sociales, políticas y culturales que los años de dictadura sembraron en la sociedad chilena. Esta vez, en el contexto de los 50 años, hace solo un mes los actores del mundo político valoraban el histórico “nunca más” de la Armada en la Isla Dawson, un emblemático centro de detención y tortura durante la dictadura. Esto sembraba un buen precedente para el país, especialmente considerando que durante años ha habido un negacionismo rotundo por parte de las Fuerzas Armadas respecto a las violaciones de Derechos Humanos cometidos durante la dictadura. Parecía que la sociedad chilena y especialmente la esfera política, se abría a una de las primeras oportunidades de reconciliación real.

Sin embargo, hoy, a meses de la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado que terminó con la vida de cientos de chilenas y chilenos, los discursos que se han presentado en los medios han ido rotando a la dirección contraria, justificando cada vez más los horrores de la dictadura. Si bien se esperaba que este evento llamara a la reflexión y conmemoración, también ha dado paso a un sinnúmero de declaraciones que han dejado en claro la debilidad de la memoria histórica en un momento en que el auge de los partidos de extrema derecha se ha hecho presente en muchos rincones del mundo, incluido nuestro país. Desde los dichos inoportunos del ex asesor presidencial a cargo de la conmemoración, hasta diputados votando en contra de eliminar el calificativo de “presidente” a Augusto Pinochet en los archivos de la Biblioteca del Congreso Nacional, estas últimas semanas han demostrado la necesidad de fortalecer la democracia y, por consiguiente, a los partidos políticos que la sostienen.  

Resulta preocupante los resultados de la encuesta CEP, los cuales han mostrado que, a nivel nacional, solo un 49% de las personas encuestados está a favor del enunciado “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”. La relativización de los horrores de la dictadura ha llevado a que una gran parte de la sociedad chilena considere que la democracia no es la única opción viable gobierno, que muchos crean que la seguridad está por sobre la libertad, y que se generen debates en los cuales se busca culpar a quienes fueron las víctimas de la dictadura, o derechamente justificando los hechos del 11 de septiembre. El “algo habrán hecho”, señalar que el golpe tuvo apoyo popular, o poner al mismo nivel a los actores de la Unidad Popular con quienes perpetraron el golpe y se mantuvieron 17 años en el poder de manera ilegítima. Incluso las declaraciones de Patricio Fernández, quien señaló que “lo que podríamos intentar acordar es que sucesos posteriores a ese golpe son inaceptables en cualquier pacto civilizatorio”, como si el acto del golpe en sí pudiera ser separado de los horrores que se mantuvieron por casi dos décadas. Y, si bien esto le costó su puesto, también dio paso a que actores políticos, académicos e intelectuales señalaran con mayor fuerza la supuesta “cancelación” del periodista, en lugar de abrir espacios de reflexión. No debemos perder el horizonte.

Siempre resulta relevante y necesario reflexionar acerca del contexto que llevó a que ocurriera un hecho tan dramático como el 11 de septiembre. Sin embargo, esto no puede justificar la violencia, tortura, desaparición o exilio de chilenas y chilenos y, por consiguiente, tampoco puede separar el hecho del golpe de Estado de los años de dictadura que le siguieron.

Tampoco se debe cuestionar la labor de organizaciones de familiares de víctimas de la dictadura ni minimizar la labor de las familias que han luchado sin descanso por el derecho a la verdad y la justicia, o por algo tan básico como la posibilidad de tener un cuerpo al que llorar. Señalar que algunas agrupaciones se han “adueñado de la verdad” respecto al 11. invisibiliza el dolor de perder un hijo, un hermano, un padre o una madre. Es suponer que no se puede ver la verdad debido a un resentimiento –completamente legítimo, por cierto– a quienes les arrebataron la libertad. 

Mientras más nos acercamos a un nuevo aniversario del golpe de Estado, más comienzan a ponerse en la palestra ciertos discursos que buscan justificar el acto. Hablando de una economía en apuros para no hablar de las víctimas, hablando de las colas para no hablar de los torturados, exiliados y desaparecidos. De una supuesta revolución que nunca fue, porque bombardearon la Moneda y torturaron por semanas a quienes no quisieron abandonarla.

Mientras estos discursos se multiplican, es importante recordar que los problemas de la democracia se resuelven con más democracia, que la búsqueda de la verdad es un paso crucial hacia la reconciliación y la justicia, que requiere de la participación de toda la sociedad chilena. La memoria histórica es un pilar fundamental para construir una sociedad mejor, dejando atrás dolores del pasado, pero siempre con la convicción de que bajo ninguna circunstancia esto podría volver a ocurrir. Hoy, frente al auge de la ultraderecha en Chile, resulta más importante que nunca el mantener la historia y la memoria viva, y no permitir que estos discursos sigan expandiéndose. Pero, por sobre todo, es importante recordar que no hay reconciliación sin justicia, y no hay justicia sin verdad.