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Por Sebastián Mejías

Muchas veces se utiliza el concepto “populismo” de manera peyorativa para denostar al adversario político, pero pocas veces se reflexiona acerca sobre qué significa realmente. 

Estos movimientos dividen a la sociedad entre una élite -ya sea económica, intelectual o política- maligna y corrompida, con un pueblo virtuoso cuyos intereses dicen genuinamente defender y representar. En este sentido, de una manera maniquea se identifican los culpables de los males de nuestra sociedad y se exalta la (supuesta) castidad del movimiento que representa al pueblo y al “sentido común” -sea lo que sea que signifique aquello-. Teniendo partidos políticos débiles que no logran sintonizar con los dolores e intereses de la población es que aparecen estos movimientos con mayor fuerza denunciando a las élites.

Debe notarse que la tendencia populista es transversal en el arco político. Lo peligroso, es que muchas veces quienes tienen cierta cercanía ideológica con el movimiento en cuestión, tienden a apoyarlos en vista del rédito transitorio que este les podría proporcionar olvidándose del compromiso institucional para la resolución política. 

Los populistas operan presentando propuestas simplistas para resolver grandes problemas que requieren de reformas estructurales profundas, aprovechándose de que muchas veces las reformas no son populares ni entregan resultados instantáneos. Las propuestas simplistas pese a poder gozar de apoyo popular, por lo general carecen de eficiencia e incluso pueden llegar a ser perjudiciales. Así, el populismo no va necesariamente en contra de la democracia, sino más bien en contra de la democracia liberal erosionando sus instituciones, entendiéndose ésta como la forma de equilibrar la soberanía popular y el principio de la mayoría a través de separación de poderes y presencia de entes autónomos que no son sometidos a votación popular que evitan cortoplacismos e incentivos indeseados como el Banco Central o el Poder Judicial. 

Existen también ciertos comportamientos repetitivos en estos movimientos. Tener predisposición a interpretar de la peor forma posible lo que el adversario político plantea, utilizar solo aquella información útil para sostener la línea argumental de tus partidarios (cherry picking), reforzar los prejuicios del electorado con el fin alentar al nicho partidario, son algunas de las herramientas utilizadas por estos movimientos para mantenerse activos en el debate público. 

Lamentablemente el frágil contexto político e institucional chileno sumada a la evidente desafección de la población con los partidos políticos crean un ambiente propicio para la aparición y expansión de estas fuerzas que de no ser combatidas con la seriedad que merecen, tendrán grandes oportunidades en las próximas elecciones y en la conducción del país en el nuevo ciclo.

Se les exige a los partidos comprometidos con la institucionalidad del país estar a la altura del desafío ofreciendo alternativas responsables que le vuelvan hacer sentido a la gente.