Por Jesús D. Huamán Macalopú, cientista político con especialidad en relaciones internacionales
Los recursos para hacer llegar un mensaje son quizá los mismo de antaño, tanto discurso como escritura forman parte del proceso comunicativo que usualmente conecta a las personas y les permite interactuar y desarrollarse a la postre de la incipiente esfera pública. En dicho trayecto, el contenido del dato a ofrecer puede en ciertas ocasiones sufrir torsiones para efectos de que la persuasión se vuelva el imperativo categórico y el mensaje sea asumido como válido o sensacional por los receptores. Tal es así que Pérez & Aguilar (2019) sostienen que “la utilidad de la emoción en comunicación política va unida a la efectividad del discurso, cuando este se expresa ideológicamente sobre acontecimientos que constituyen una experiencia común compartida en sociedad”. En otras palabras, los condicionantes culturales y simbólicos, son usados y morigerados de tal manera que logren penetrar en las conciencias de las masas.
La pregunta obvia se plantea en cómo la desinformación se usa para influenciar y condicionar políticamente a las masas. Variados son los hechos que presenciamos tanto en sociedades desarrolladas como en las menos desarrolladas. Por lo tanto, cabría profundizar un poco más y preguntarse, si acaso, ¿el avance en términos cualitativos y cuantitativos del uso y acceso a la información pone en riesgo a nuestras democracias o, por el contrario, las fortalece? Como bien se sabe la globalización no deja fuera a nadie. Sociedades, instituciones y actores políticos interactúan en escenarios cada vez más modernos y novedosos, lo que condiciona e influye permanentemente en sus preferencias, procesos y decisiones finales, por lo tanto, es oportuno atender sus efectos, reparaciones y proyecciones de cara a un futuro digital.
Es de común conocimiento que la añeja desinformación se ha intensificado, perfeccionado y extendido en un mundo hiperconectado. Propulsada por la irrupción de los medios digitales, han facilitado las condiciones para que desde cualquier dispositivo digital se generen construcciones discursivas y/o escritas que pueden articularse de forma mal o bien intencionadas. En consecuencia, los fines con los que se busca persuadir o afectar a ciertos objetivos varían de acuerdo con las características de poder. Entre lo ya investigado, se encuentra lo que (Thomas Rid, 2020) teoriza en relación con “los servicios de inteligencia soviéticos y los organismos satélites del bloque oriental –quienes– ya utilizaban ampliamente la expresión <<medidas activas>>”, para generar una potente y estratégica propagación de campañas de desinformación en plena guerra fría, ejecutada por una amplia maquinaria burocrática muy bien organizada y profesional.
De esta manera, la desinformación se torna como un fenómeno incipiente del presente siglo. Sus orígenes pueden retrotraernos a tiempos inmemoriales, sin embargo, su utilización en términos modernos ha superado las capacidades de control y supervisión de los operadores de las variadas plataformas en línea. De esta manera, los tradicionales medios de comunicación y propagación de información cuidadosamente verificada se han visto superados con creces por múltiples plataformas de tipo formales como informales, desde las cuales, se vierten novedosas e inéditas fabricaciones de contenido sensacionalista con excesiva carga emotiva, que, muchas veces, son esquivos a los datos duros o terminan desvirtuando los hechos ocurridos. Configurando así, una sistemática influencia especulativa con altas cargas de contenido polarizantes y, cuyos efectos, en amplios sectores sociales son tan dañinos como divisionistas.
En efecto, la era de lo virtual nos ha rebasado, la conquista ha sido muy rápida y la colonización se ha dado sin mayor resistencia. Hemos aceptado sin resquemores las herramientas y dispositivos que nos alienan y nos uniforman con la identidad de ser modernos, de no estar desconectados. Se nos han impuesto reglas y condiciones que debemos asumir si queremos seguir presentes, de lo contrario, simple y llanamente desaparecemos. Es más, diariamente rendimos tributo a los dioses creadores de los sistemas operativos de tecnología y dispositivos digitales, para de esa forma sentirnos satisfechos y realizados en casa, el trabajo o la escuela. Ya que aquello, determina la forma en que nos educamos, informamos y decidimos. Generando así, “un nuevo ambiente social, auto alimentado de modo permanente por sus propios datos: la conexión sustituye al contacto, la interacción a la relación, la adicción a la concentración y la suma de informaciones al intercambio de experiencias” (Salomón, 2019. Pág. 13).
De este modo, se ha generado una suerte de “civilización de la mente en el ciberespacio” (Perry, J. 1969). En el cual, navegamos sin reparo de poder entregar nuestra privacidad y ofrecer involuntariamente un inagotable camino de nuestras propias huellas digitales. Entregando parte importante de nuestra vida cotidiana, lo cual, es sistemáticamente aprovechado por compañías que disponen de algoritmos que seleccionan y organizan los mensajes de forma bidireccional, con la necesidad de que el mensaje sea estratégicamente aceptado y compartido por los mismos oferentes de los datos. Acto seguido la trama se logra cuando los receptores pasan a ser el creador, productor y consumidor final de su propia interacción en red.
En dicho proceso se generan ingentes cantidades de datos (Big data), los cuales han sido codificados minuciosamente de tal forma que nos estimulen mentalmente hacia lo que más encaja con nuestras preferencias e historial acumulados en nuestros dispositivos personales. Es lo que se ha catalogado por los expertos como los “filtros de burbuja”, cuya capacidad “decide mucho más que nuestros gustos. También tiene una idea preconcebida sobre nuestro lugar en el mundo y hasta dónde podemos o debemos llegar” (Gómez de Ágreda, Á. 2019). Si miramos el asunto desde fuera, podemos entender que los algoritmos nos están agrupando des-territorialmente y uniformando en el ingente mundo del ciberespacio, en base a nuestras preferencias, sentimientos, emociones, condiciones e incluso estilos de vida. Lo que supone terreno fértil para los mandos operativos que gestionan la direccionalidad de preferencias según las necesidades y gustos de cada sector de la sociedad.
La desinformación como arma política

Con el paso del tiempo, hemos observado diversas secuencias y/o procesos que han transcurrido al interior de las sociedades, pero haciendo énfasis principalmente en la escena social y política, es posible reconocer que recientemente se ha instaurado una nueva etapa, la cual ha sido definida como la era de la “posverdad”. Este concepto está relacionado a situaciones en dónde los hechos objetivos tienen una menor consideración dentro de la opinión pública, en preferencia con las emociones y pensamientos propios de cada individuo.
El autor (Matthew D`Ancona; 2017) ha enfatizado en que “hemos entrado en una nueva fase del combate político e intelectual, donde las ortodoxias y las instituciones democráticas se ven sacudidas hasta sus cimientos por una oleada de alarmante populismo” (pág.10). Donde se evidencia que la racionalidad y el valor de la verdad se han visto devaluados por factores como las emociones, el desprecio hacia la honestidad y la veracidad de los hechos y, por último, los sistemas de gobierno se encuentran encaminados hacia una autocracia.
Frente a aquello, la incertidumbre y sus efectos acarrea una creciente inseguridad manifiesta que implica un tremendo desafío nacional y global. Durante los últimos años, hemos observado cómo la democracia y sus sociedades han tenido que afrontar una época en donde ha primado la desinformación y la irrupción de las fake news, dando paso a la denominada era de la posverdad. La cual, es entendida como “el reinado de las emociones y las creencias personales por encima de los hechos contrastados y verificables” (Amorós, M. 2018). Mismas que han tenido por objetivo influenciar el comportamiento y las decisiones de los individuos, otorgando amplio espacio al ascenso de líderes y movimientos populistas.
Tal es así, qué, el ejemplo más reciente es el caso de Cambridge Analytica, en el cual, una compañía que se dedicaba al análisis y recolección de datos desarrolla una serie de acciones articuladas en red, gestionadas por profesionales organizados y en contubernio con personajes y líderes de amplia influencia mediática, cristalizando su trabajo ilegal con la llegada al poder del republicano Donald Trump. Usando y abusando de recursos digitales (macro datos) desde su condición de privilegio y manipulación, consolidando un sigiloso negocio electoral en presunto beneficio del magnate empresarial y su círculo más cercano.
Durante el primer trimestre del 2018, diversos medios escritos con credibilidad publicaron la noticia de que la compañía poseía de manera ilícita -información privada de los usuarios- datos personales de 50 millones de usuarios de Facebook, con lo cual, lograron detectar los perfiles psicológicos de estos y a la vez, de lograr proyectar propaganda estratégicamente construida “filtros de burbuja”, de tal manera de llegar a influir en sus decisiones y preferencias. Estos datos -se investiga- fueron utilizados en la campaña del Brexit y la campaña Presidencial en Estados Unidos 2016, quienes finalmente logran salir victoriosos.
Un estudio realizado por una página web “PolitiFact”, dedicada a la comprobación de datos, ha dado a conocer que el 69% de las afirmaciones realizadas por Trump a través de sus redes sociales o declaraciones públicas son en parte o totalmente falsas, siendo “galardonadas con la Mentira del año 2015, 2017 y 2019” (Politifact.com). Por lo que su victoria en las elecciones presidenciales se considera uno de los principales puntos de quiebre (coyuntura crítica) contra el orden republicano y democrático que se encontraba instaurado, exaltando vacías promesas de hacer resurgir al país y retomar el control hegemónico, lo cual, “reflejaban un nuevo y alarmante desplome del poder de la verdad como motor de la conducta electoral.” (D`Ancona, 2017, pág.12).
Atentado a la democracia
Otro factor que permite explicar el asentamiento de la era de la posverdad, es como la confianza hacia los gobernantes e instituciones públicas fue desmoronándose dentro de la esfera política y social, debido a que “todas las sociedades de éxito dependen de un grado relativamente alto de honestidad para mantener el orden, hacer cumplir las leyes, pedir cuentas a los poderosos y generar prosperidad” (D’ancona, 2017, pág,35). En toda sociedad, la confianza es un recurso preponderante para su coexistencia y desarrollo, por lo que cuando esta se ve debilitada, la comunidad se convierte en un repartido grupo de individuos que se preocupan solo por sus intereses propios, dejando de lado sus promesas y políticas públicas.
Podemos entender dichos procesos y fenómenos, como propios de sociedades en permanente interacción y desarrollo, sin embargo, los hechos como los descritos responden a un acervo mucho más profundo de la cultura política y social en permanente evolución y ebullición. En otras palabras, “desde las megaciudades a la nanotecnología, estamos creando una sociedad global cuya complejidad ha ultrapassado los límites de la comprensión individual” (Pariser, E. 2017). Es más, “la Web 2.0 ha favorecido la multiplicación y la circulación de los relatos, alienta la aparición de nuevos comportamientos, de prácticas de desorientación, de desinformación, de propaganda” (Salomon, 2019. Pág. 57). Dichas interacciones generadas en las múltiples plataformas digitales se ven estimuladas por comportamientos y prácticas que ponen en entredicho la seguridad interna, la cooperación, la paz y cohesión social.
Sin embargo, la sumatoria de estos procesos conllevan a una mezcla de estrategias que asumen ciertos personajes desde su condición de poder y visión particular, siendo que “el big data y las tecnologías de la información permiten a las empresas y a los gobiernos crear fácilmente un dossier electrónico mucho más grande, reforzando así la habilidad de cualquier Gobierno autoritario de transformarse en totalitario” (Stiglitz, J. 2019). Articulando de esta manera, procesos novedosos por su mensaje y parafernalia que se torne cautivador de las masas, estimulando la psicología emotiva y visceral de sectores populares que, en la mayoría de los casos, genera conflictos y favorecen a la polarización, desvirtuando el ethos liberal en el cual se asientan las instituciones políticas y su fundamento básico como es la representatividad, en tanto, lo que se busca es, ir erosionando sistemáticamente la democracia.
El caso de Estados Unidos, posteriormente la crisis económica 2008, las sucesivas campañas del Brexit y la irrupción de actores políticos como Donald Trump o Jair Bolsonaro, generaron un novedoso punto de inflexión lo cual permitió “la irrupción de grupos xenófobos y nacionalistas en gobiernos y parlamentos de todo el mundo, todos con un marcado carácter anti globalista, convencidos de un regreso a la protección de un Estado étnica y culturalmente homogéneo” (Alandate, 2019, pág.87).
Estos grupos políticos mantenían un discurso que era respaldado a través de respuestas emocionales y patriotas a los problemas existentes, con el objetivo de lograr implantar un modelo de Estado autocrático y aislacionista. Caracterizado por “una ceguera deliberada ante las pruebas, una desconfianza en la autoridad y una apelación a argumentos basados en las emociones, a menudo enraizados en miedos o ansiedades” (Laybats & Tredinnick, 2016).
Institucionalidad sin opción
¿Implica todo esto una novedad? Por lo visto no, quizá la novedad se encuentre en cómo no se previeron los mecanismos que permitan una sólida protección de la privacidad y los derechos de cientos de millones de personas conectadas en red. Pese a que, la historia nos relata cómo el ser humano en su innovación y búsqueda de la felicidad se adhiere a comportamientos y acciones que afectan la ética y la moral de sus pares. La historia del derecho nos demuestra que la solución para aquello, han sido y seguirán siendo las leyes y la búsqueda de proscripción de dichos actos.
Sin embargo, “la pérdida de credibilidad de la palabra pública no es por tanto un fenómeno coyuntural, no está ligada al contenido de los discursos y no es la sanción de las promesas no cumplidas, es el producto de una contradicción estructural” (Salomon, 2013. Pág. 86). Por lo mismo, podemos sostener que la modernidad y sus subsecuentes avances han supuesto, por un lado, un abanico de opciones y posibilidades y, por otro lado, una amalgama de incertidumbres y peligros que se gestan en las sociedades carentes de una mínima organización adaptativa a la modernidad. Dando paso a lo que sostiene el analista político Moisés Naím en su libro “El fin del poder”, cuando muy bien sostiene que:
“el ciberactivismo, definido como <<el uso de herramientas digitales legales o ilegales para lograr unos fines políticos>>, empuja a los gobiernos a un interminable juego del gato y el ratón de alta tecnología, un desafío que incluye y rebasa los esfuerzos para penetrar y poner en peligro redes informáticas”
(Naím, M. 2013).
¿Es probable que no se haya asumido con la necesaria premura la regulación jurídica frente a hechos que tengan que ver con la manipulación indebida de los datos sensibles de personas y entidades estratégicas? Por lo visto sí. Sumado a aquello, “cuando se debate la regulación de internet, los gigantes tecnológicos defienden a capa y espada que no se implemente para aprovechar este vacío y seguir acrecentando su poderío y riqueza: seguir, por así decirlo, en la nube, sin ley” (Richter, U. 2018). Dicho lo cual, una vez ocurrido eventos como la manipulación, cooptación indebida y relocalización de datos mediante los “filtros de burbuja”, lo que se busca es penetrar y abrumar “la opinión, la distracción y el ruido de internet, y el fin de la aceptación automática de las autoridades tradicionales (…) –lo que– alimenta un desequilibrio de consecuencias amplias y aún poco comprendidas” (Naím, M. 2013).
En efecto, la cada vez más creciente influencia mediática que se gatilla desde distintos flancos virtuales, escritos y discursivos, han permitido la proliferación de instancias informativas que colocan a cualquier persona en la primera fila de fabricar noticias ya sean éstas verdaderas o falsas. En otras palabras, la verticalidad entre los tradicionales medios de comunicación e información con los usuarios se ha vuelto casi obsoleta. Pasando a instalarse una horizontalidad descontrolada de entrega y recepción de la información sin límites y sin resguardo alguno de lo que se está creando y compartiendo.
Los efectos que esto puede acarrear son múltiples, sobre todo sobre ciertos grupos vulnerables y socialmente permeables. Sin embargo, “las tapaderas, las falsificaciones y las falsedades no se detienen ahí. Las medidas activas influirán en lo que otros piensan, deciden y hacen, y con ello cambiarán la realidad misma” (Rid, T. 2020). Al escalar los efectos de la polarización e incluso división social y, al verse en peligro la democracia, las instituciones y sus actores. Estos en conjunto se ven constreñidos y obligados a asumir el desafío ligado a la seguridad sobre el uso, almacenamiento y apropiación de ingentes cantidades de datos (Big Data) en sus distintas variables. Con el fin ético de salvaguardar los recursos de la moral y la cultura de sociedades en permanente cambio. Sobre todo, si tenemos en cuenta que “si el populismo busca una hegemonía política, sabe que la primera batalla es la hegemonía cultural” (Villacañas, 2017. Pág. 8).
Frente a una evidente y preocupante falta de una regulación jurídica (ausencia del Estado) sobre el manejo, almacenamiento y uso de los datos de millones de personas en la red. Es previsible que hechos como los que apreciamos tales como: maquinarias propagandísticas, vulneración de la identidad e incluso aplicación de estudios sin autorización previa y consensuada de los usuarios. Den espacio para que se terminen mellando derechos básicos e incluso afectando la psicología de personas que, -dicho sea de paso, se convierten en el cliente y el producto de estas plataformas y sus manipuladores- terminando de afectar su futuro y sus derechos en sociedad. Persuadiéndolos en base a la información privilegiada, generando una división profunda de las sociedades, buscan instalar ideas, formas de hablar, ver el mundo y agrupar percepciones para ganar la lucha política e instalar un tipo específico de sentido social.
Seguidamente, podemos agregar, que la afectación puede escalar a la democracia, considerando que el “populista vive de la polarización entre los nuestros y los otros, su fuerza decae en el mismo momento en que se debilita dicha división” (Vallespín & Bascuñán 2017 Pág. 49). Consecuencias como la radicalización de grupos extremistas que actúan en base a una influencia permanente, gatillada desde las mismas plataformas digitales y que tienen por finalidad acaparar la atención y el convencimiento de ciertos perfiles de usuarios y por ende aspirar al prestigio, conlleva a que peligren minorías históricamente excluidas ya sean de índole religiosa, racial, étnica, de variadas preferencias sexuales, entre otras. Sin lugar a duda, las instituciones y sus mecanismos, así como la sociedad en su conjunto tienen una importante tarea que atender de cara a sociedades mucho más inmersas en las redes y la inteligencia artificial.
Conclusiones
Ser conscientes de la realidad y sus efectos, es un primer paso para avanzar en soluciones conjuntas, son las instituciones las encargadas de asumir los desafíos de manera mucho más integral y coordinada para superar esta difícil tarea de velar por la seguridad en sus diversos niveles. Preguntarse si los avances en la modernidad y el mundo de la tecnología (ciberespacio) están siendo asumidos con la debida responsabilidad legal y administrativa es necesario. El mundo libre e hiperconectado, permite también, detectar estos fenómenos que contravienen los estándares éticos y morales de las personas.
Del análisis que fue realizado podemos concluir en primer lugar que, es necesario que la discusión sobre la desinformación y sus consecuencias sea asumida y realizada con altura de miras seguida de una mayor profundidad, donde la prioridad sea que por ningún motivo el desarrollo justo y libre de la actividad democrática se vea obstruido, como también sea resguardado el derecho a la privacidad de las personas, tanto en el sentido tangible e intangible, asumir el desafío es del todo un imperativo que debe formar parte de los mensajes que se comparten y se polarizan de igual manera como fluye la información hoy.
Finalmente, si entendemos que la democracia no es un fin en sí mismo, sino más bien un constante camino desde donde accionar y prospectar, podremos sentirnos en la capacidad de asumir los desafíos que nos conlleva vivir en sociedad, asumiendo los compromisos con responsabilidad activando los mecanismos necesarios para estar debida y certificadamente informado, sobre todo, frente a los procesos democráticos y eleccionarios, y de la vida diaria. Muchas de las soluciones las tenemos en las manos, formamos parte del mundo en red, actuemos ya.
Bibliografía
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- Rid, Thomas (2020). Desinformación y guerra política: historia de un siglo de falsificaciones y engaños. Barcelona: Editorial Planeta, S. A.
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- Salomon, Christian (2013). La ceremonia caníbal: sobre la performance política. Barcelona: Ediciones Península.
- Stiglitz, Joseph (2020). Capitalismo progresista: la respuesta a la era del malestar. Barcelona: Penguin Random House.
- Villacañas, J. L. (2017). Populismo (Vol.1). La Huerta Grande.
- Vallespín, F. & Martínez-Bascuñán, M. (2017). Populismos. Alianza Editorial.
